Autor: Dr. Nelson Eduardo Pabón Arévalo
Fecha: 2026
MEDOMAI Medical Journal

La sueroterapia o terapia intravenosa de vitaminas ha experimentado una expansión significativa fuera del entorno hospitalario, posicionándose como una intervención de bienestar ampliamente comercializada. Aunque su uso está claramente justificado en contextos clínicos específicos, su aplicación en individuos sin deficiencias nutricionales documentadas plantea interrogantes relevantes sobre su eficacia, seguridad y fundamento científico. Este artículo analiza críticamente la evidencia disponible, revisa sus bases fisiológicas, expone los riesgos asociados y examina el contexto regulatorio, con el objetivo de diferenciar entre indicaciones médicas válidas y prácticas impulsadas por el mercado.
Intravenous vitamin therapy has expanded beyond hospital settings into the wellness industry, where it is widely marketed as a rapid solution for enhancing energy, immunity, and detoxification. While its use is justified in specific clinical contexts, its application in individuals without documented deficiencies raises concerns regarding efficacy, safety, and scientific validity. This article critically reviews current evidence, explores physiological mechanisms, highlights associated risks, and examines regulatory frameworks to distinguish evidence-based medical practice from commercially driven trends.
En la última década, la denominada sueroterapia ha pasado de ser una herramienta clínica bien delimitada a convertirse en una oferta frecuente en clínicas estéticas, centros de bienestar y servicios domiciliarios. Esta transformación no ha estado acompañada por un crecimiento proporcional de la evidencia científica que respalde su uso en población sana. Por el contrario, su expansión ha sido impulsada principalmente por narrativas comerciales que prometen beneficios amplios, desde aumento de energía hasta “desintoxicación” y retraso del envejecimiento.
Este cambio de paradigma obliga a una revisión crítica. La vía intravenosa, por definición, permite una administración directa y rápida de sustancias al torrente sanguíneo; sin embargo, la eficiencia farmacocinética no equivale necesariamente a beneficio clínico. En este contexto, resulta fundamental analizar si el uso de vitaminas intravenosas en individuos sin deficiencias documentadas tiene una justificación médica real o si responde a una construcción de mercado.

La terapia intravenosa constituye una herramienta esencial en medicina, particularmente en el manejo de deshidratación severa, estados carenciales documentados, trastornos de absorción intestinal y soporte nutricional en pacientes hospitalizados. En estos escenarios, su uso está respaldado por evidencia sólida y forma parte de guías clínicas establecidas (1,2).
No obstante, la denominada sueroterapia en el ámbito del bienestar implica la administración de combinaciones de vitaminas, minerales y antioxidantes en individuos ambulatorios sin indicación clínica clara. Desde el punto de vista farmacocinético, la administración intravenosa permite alcanzar concentraciones plasmáticas significativamente superiores a las obtenidas por vía oral, especialmente en el caso de la vitamina C (4,16). Sin embargo, los sistemas de transporte celular son saturables, lo que limita la captación tisular y reduce la relevancia funcional de concentraciones suprafisiológicas.
En individuos con niveles adecuados de micronutrientes, el exceso administrado es eliminado principalmente por vía renal, lo que cuestiona la utilidad clínica de estas intervenciones fuera de contextos específicos.
La evidencia clínica sobre terapias intravenosas de vitaminas es heterogénea y, en su mayoría, se concentra en poblaciones con enfermedad. En el ámbito de la fibromialgia, un ensayo clínico aleatorizado evaluó el uso del denominado “cóctel de Myers”, mostrando mejoras subjetivas en los pacientes tratados; sin embargo, estas no fueron significativamente superiores al placebo, y el tamaño muestral limitó la validez de las conclusiones (3).
En oncología, la vitamina C intravenosa ha sido estudiada como terapia complementaria. Algunas revisiones sugieren posibles beneficios en la calidad de vida y en la reducción de síntomas como fatiga o dolor, pero la evidencia disponible no permite recomendar su uso como tratamiento estándar ni sustituye terapias convencionales (6,7).
En patologías críticas como la sepsis, los estudios han arrojado resultados contradictorios. Mientras que investigaciones iniciales sugirieron posibles beneficios en la reducción de la disfunción orgánica, ensayos clínicos más robustos no han demostrado mejoras significativas en la mortalidad, lo que ha llevado a no recomendar su uso rutinario fuera de investigación (8,9). De forma similar, en el contexto de COVID-19, los ensayos clínicos no han evidenciado beneficios claros en desenlaces clínicos relevantes (10).
En conjunto, estos hallazgos sugieren que, aunque la terapia intravenosa de vitaminas puede tener un papel en contextos específicos, su uso generalizado en población sana carece de respaldo científico sólido.
A pesar de la percepción de inocuidad, la administración intravenosa no está exenta de riesgos. La inserción de un acceso venoso implica la posibilidad de complicaciones como flebitis, trombosis, infecciones locales y bacteriemia. Estos riesgos pueden incrementarse en entornos donde no se cumplen estándares adecuados de asepsia o donde el procedimiento es realizado por personal no capacitado.

Desde el punto de vista metabólico, la administración de altas dosis de ciertos micronutrientes puede generar efectos adversos significativos. La vitamina C en dosis elevadas se ha asociado con nefropatía por oxalato, especialmente en pacientes con insuficiencia renal, y con hemólisis en individuos con deficiencia de glucosa-6-fosfato deshidrogenasa (5). Asimismo, la infusión de grandes volúmenes puede desencadenar sobrecarga hídrica y descompensación en pacientes con enfermedad cardiovascular o renal.
Adicionalmente, existe un riesgo indirecto relevante: la sustitución de intervenciones médicas necesarias por terapias sin eficacia comprobada, lo que puede retrasar el diagnóstico y tratamiento de enfermedades subyacentes.
El marco regulatorio de la sueroterapia es variable y, en muchos casos, insuficiente. En Colombia, su administración debe realizarse en instituciones habilitadas, bajo supervisión médica y con productos que cuenten con registro sanitario del INVIMA. Sin embargo, la creciente oferta en contextos estéticos y domiciliarios sugiere un cumplimiento irregular de estas normativas.
A nivel internacional, organismos como la FDA y la National Association of Boards of Pharmacy han emitido advertencias sobre la proliferación de clínicas de hidratación intravenosa, señalando riesgos asociados a la preparación no estéril de soluciones y a la promoción de indicaciones sin respaldo científico.
Instituciones como Mayo Clinic han advertido que, en personas sanas, estas terapias no han demostrado beneficios clínicos relevantes y no sustituyen hábitos fundamentales como una alimentación equilibrada y un estilo de vida saludable.
El auge de la sueroterapia no puede entenderse únicamente desde la medicina basada en evidencia. Factores como la búsqueda de resultados inmediatos, la influencia de redes sociales y la percepción de que las vitaminas son intrínsecamente seguras han contribuido a su expansión. Esta dinámica ha favorecido la construcción de una narrativa en la que la percepción de beneficio supera la evidencia científica disponible.
Desde una perspectiva médica, esto plantea un reto importante: preservar el rigor clínico frente a tendencias que pueden resultar atractivas pero carecen de fundamento sólido. La medicalización del bienestar mediante intervenciones invasivas sin indicación clara no solo implica riesgos clínicos, sino también consideraciones éticas relacionadas con la información al paciente y el consentimiento informado.
La sueroterapia y las terapias intravenosas de vitaminas constituyen una herramienta válida en contextos clínicos bien definidos. Sin embargo, su uso en población sana, tal como se promueve actualmente en múltiples entornos comerciales, carece de evidencia científica suficiente y no está exento de riesgos.
En este contexto, el papel del profesional de la salud es fundamental para orientar decisiones basadas en evidencia y no en tendencias. En última instancia, la práctica médica debe sustentarse en la justificación científica de las intervenciones, y no únicamente en su posibilidad técnica.
